En la historia humana, la búsqueda de la alteración del estado mental encuentra raíces desde el uso de Amanita muscaria en el neolítico, hasta el desarrollo de drogas sintéticas en la actualidad.
Desde una mirada antropológica, vemos que los pueblos han conservado una relación íntima a lo largo del tiempo con las sustancias, con el fin de acceder a nuevas formas de sentido y pensamiento. ¿Por qué han sido usadas las drogas como vía de acceso a una vivencia subjetiva particular?
Desde la filosofía, Gilles Deleuze, en el libro Dos regímenes de locos, ha propuesto la necesidad de indagar en las sociedades actuales la causalidad propia de las drogas y su potencial declive. Se hace mención a los fenómenos que vive el adicto, con énfasis en las dinámicas perceptivas, como la alucinación, los delirios, y su vínculo con el deseo. El declive constituye la pregunta sobre los posibles efectos mortíferos de la droga y cómo esto puede desplegarse como una dinámica autodestructiva. Finaliza el capítulo señalando la falta de indagación específica sobre la droga como fenómeno de deseo.
Desde el psicoanálisis, Freud en El Malestar en la Cultura ubica el uso de sustancias embriagadoras como vías para acceder a ganancias inmediatas de placer, que permiten a la vez una cuota de independencia del mundo exterior. Reconoce que la vida anímica tiene variaciones placenteras y displacenteras, y que el uso de sustancias constituye tanto una fuente de placer como un posible daño. A propósito de ello, señala cómo los pueblos pueden llegar a asignar una posición fija al uso de sustancias a modo de economía libidinal. Igualmente, lamenta que este aspecto tóxico de los procesos anímicos «haya escapado a la investigación científica».
«Lo que se consigue con las sustancias embriagadoras (...) es apreciado como un bien tan grande que individuos y aún pueblos enteros le han asignado una posición fija en su economía libidinal.» — S. Freud, El Malestar en la Cultura
Bajo esta óptica, se nos permite articular las drogas en su dimensión social, como en los efectos que suscitan en cada sujeto. De hecho, El Malestar es contemporáneo con el desarrollo del concepto de adicción. Su uso comienza a tener mayor presencia a través de los postulados de Glover y Fenichel en la psiquiatría europea, mientras que para el psicoanálisis francés no es sino a través de Joyce McDougall desde el año 1978. El interés por pensar las condiciones y características psíquicas de sujetos adictos comienza a ser así objeto de investigación, desde sus condiciones estructurales, como se lo pregunta Bergeret, hasta el vínculo con patologías del campo psicosomático, por parte de Pierre Marty.
Volcándose al contexto nacional, nos encontramos con escasa bibliografía destinada a pensar el fenómeno adictivo desde hipótesis que involucren lo intrapsíquico. Existen distintos esfuerzos, en su mayoría institucionales, orientados al tratamiento de adicciones, pero no necesariamente acompañados de un estudio teórico. En general, se privilegian formas de tratar al adicto, más que una reflexión sobre qué condiciones psíquicas —en el sentido metapsicológico— son necesarias para la instalación de una adicción, y que desde allí se formulen los posibles caminos de proceder técnico.
Por ejemplo, al pensar en el fenómeno del deseo intenso de consumo (craving) en adictos, nos preguntamos: ¿qué dinámicas intrapsíquicas operan en un evento de este tipo?
Desde el psicoanálisis, los desarrollos teóricos sobre las drogas y su uso dependiente han estado vinculados a replegamientos narcisistas, montajes pseudo-pulsionales, dificultades en el trabajo de excitación corporal, economía libidinal, entre otros. Para McDougall, los adictos pueden ser denominados «esclavos de la cantidad», debido a la necesidad imperante de descarga de montos importantes de energía cuando se está en abstinencia o ante el deseo de consumo. En lenguaje médico y discurso común, se le ha denominado incluso a la adicción como enfermedad crónica por este tipo de consideraciones.
Si consideramos esta hipótesis, ¿es entonces la adicción una cristalización y asentamiento de ciertas formas de satisfacción, que son hasta cierto punto irrevocables? Si así lo fuere, ¿podemos extender la adicción a cualquier dinámica de dependencia que establezca el sujeto?
Pensar hoy la adicción implica no solo operar sobre sus manifestaciones clínicas, sino también abrir un campo de producción teórica para dar cuenta de las dinámicas intrapsíquicas que sostienen esta modalidad psicopatológica.
← Publicaciones